La normalidad en comunicación política

Ser normal vende. Al menos en el sector de la comunicación política.

Karl Rove, jefe de gabinete de Bush, decía que un elector a la hora de elegir se pregunta si el líder es fuerte, si es de fiar y si  se preocupa como gente como yo. Esto último suele comunicarse enseñando a los líderes en labores cotidianas, como el deporte, cocinando, bailando o tomando un café en una terraza cualquiera.

Escribo este post a raíz de una foto que el otro día me llegó al Whatsapp (ese gran desaprovechado aun de la comunicación política) y luego vi en Twitter de Susana Díaz tomando una cerveza con su marido y su hijo en una terraza de Sevilla y en la que se decía algo así como “sin escoltas, una vecina más”.

susana díaz

Susana Díaz y familia.

Como digo, la normalidad, ser normal, ser uno o una más, vende bien en política. Pero vende bien siempre y cuando la sensación (esto va de emociones, al fin y al cabo) sea de que es creíble, no es impostado. Ojo a esto:

Rajoy, Cifuentes y Aguirre en BiciMad.

Probablemente, esto no funciona. Rajoy, Cifuentes y Esperanza Aguirre con bicis de BiciMad. No sé si pretenden hacer ver que lo usan o sólo que saben montar en bici, pero sea como sea, no es creíble (menos con ese séquito detrás).

Utilizar la normalidad es bueno si un candidato o candidata es normal. Si no lo es, mejor no finjan. Imaginen a Ángel Gabilondo, filósofo, doctor en metafísica y un tipo tranquilo viendo Sálvame o gritando en un partido de fútbol. Quizá ustedes y yo lo hagamos, a él no lo visualizo (y oye, quizá lo haga, no lo niego, pero no lo visualizo). Pues no le pongas a llamar a Sálvame a lo Pedro Sánchez o a comportarse como un hincha en el Bernabeu viendo al Madrid o en el Calderón viendo al Atleti. Aunque sus electores quizá lo hagan, a él le queda impostado.

Por eso cada candidato o candidata es un mundo en el que conviene sumergirse antes de afrontar una campaña. Para no hacer el ridículo y para que no haga el ridículo, básicamente.

El Senado y las listas desbloqueadas

Hace unas semanas, Podemos ofreció al PSOE la posibilidad de ir juntos al Senado, en candidaturas conjuntas. Esta oferta, inmediatamente rechazada por el Partido Socialista, evidentemente produjo dudas en algunos territorios, (recordemos que el Senado es cámara territorial), principalmente Comunidad Valenciana, donde el Partido Socialista se juega, quizá, no tener representación por elección directa.

Al ver la oferta se me planteó la duda de por qué Podemos quería ir conjuntamente con el Partido Socialista a unas elecciones cuyo sistema de elección es desbloqueado, es decir, que un elector puede seleccionar al candidato o candidata (hasta tres) que le guste, sea del partido que sea. ¿Por qué limitar la elección a tres personas pudiendo tener a seis para elegir, tres de Podemos y tres del PSOE? Sencillo, porque el funcionamiento real de las candidaturas al Senado es como las del Congreso, de listas cerradas y bloqueadas, aunque realmente eso no tendría que ser así, es solo un rasgo de nuestra cultura política.

Hasta aquí nada nuevo. Más o menos esto todos y todas lo sabíamos. Mi reflexión es acerca del error que generar esta cultura política en la que no diferenciamos un voto a lista de un voto a personas. Desde un punto de vista de la representación, lo que tendría que ser cercano, se hace lejano. Desde un punto de vista de la comunicación política (que al fin y al cabo es de lo que trata este blog) empobrece las campañas y convierte en rutinaria y desconocida una institución que en un Estado compuesto como el nuestro no debería estar en cuestión. Me explico.

Si realmente el modo de elección de los senadores y senadoras fuese mediante listas desbloqueadas y cada elector votase lo que considerase más allá del partido serían posibles:

  1. Más cercanía. El candidato o candidata tendría que patearse las circunscripciones durante la legislatura escuchando a la ciudadanía. Que seguramente ya lo hacen, me consta, pero sería mucho más visible y medible su trabajo porque él o ella misma se esforzaría en hacerlo visible.
  2. Campañas más frescas. El poder del partido a la hora de configurar las estrategias de campaña se modificaría y abriría, los candidatos y candidatas al Senado tendrían que realizar campañas adecuadas a su territorio, lo que además les obligaría a investigar más (en un contexto siempre escaso de recursos) y a ser más creativos. Además a desligarse en algunos asuntos de su propio partido, algo que normalmente al elector suele gustarle. Al final del texto tenéis un enlace al blog de Xavier Peytibi sobre las elecciones estatales de México en este año 2016. Fijáos si serán originales por distintas las campañas.
  3. Mejor comprensión de una institución denostada. El Senado es una cámara, como ya he apuntado antes, necesaria en un Estado compuesto. EEUU o Alemania lo tienen (en este país se llama Bundesrat). Sin embargo, en España se considera un “cementerio de elefantes” y se le tiene por institución inútil. Y en parte lo es, especialmente porque no se trata como institución de representación territorial sino únicamente como cámara de segunda lectura que refrenda o matiza lo que dice el Congreso, pero que no tiene capacidad legislativa plena (aunque no sea así del todo, el Senado puede proponer leyes).
  4. Serviría para matizar el carácter conservador que tradicionalmente ha tenido el Senado. Sea cual sea el resultado de la izquierda (desde la supermayoría absoluta de Felipe González en 1982 hasta la última victoria de Zapatero en 2008), el Senado tiende a ser más conservador. Es lógico hasta cierto punto, pues hay, a grandes rasgos, cuatro senadores en cada circunscripción, que, sin embargo, coincide con la del Congreso. Es decir, pesa tanto la Comunidad de Madrid como Soria, teniendo las diferencias que tienen una y otra en cuanto a población. Así, el PP puede tener tres senadores en Soria y uno en la Comunidad de Madrid, aun habiendo perdido estrepitosamente en Madrid y ganado pírricamente en Soria. Eligiendo senador a senador, la competición es libre. Quizá haya dos progresistas en Soria y ninguno en Madrid, o viceversa. Pero seguramente se equilibraría este peso conservador.

Por último, quizá algo más personal. Con esto ganaríamos todos y todas. Y sería mucho más justo y adecuado para aumentar la calidad de nuestra democracia.

Para saber más: