PSOE: las fallas de la democracia interna y el caso Irene Lozano

El pasado viernes, un día antes de que la comisión de listas del PSOE aprobara las mismas definitivamente antes del Comité Federal del sábado, Pedro Sánchez anunciaba que incluía a Irene Lozano, en ese momento diputada de UPyD, en la lista electoral de la circunscripción de Madrid.

La indignación en el PSOE fue más o menos general, incluso el representante del PSOE-A, la federación más grande en número que tiene el partido, se fue de la reunión para no votarla. Y otros barones regionales tenían reacciones parecidas invitándola a pedir disculpas por declaraciones pasadas contra su nuevo partido que salieron a la luz con su nombramiento. Nada de esto sucedió y, al día siguiente, el Comité Federal -máximo órgano entre Congresos, según definen los estatutos del PSOE- aprobó las candidaturas sin demasiadas fisuras.

Contextualizado esto, por qué creo que esto sucedió sin mayor oposición interna cuando, me consta, hay un número de militantes bastante elevado a quienes no (nos) gusta la decisión de incluir a Lozano.

El año pasado, tras una larga reivindicación, el PSOE decidió poner en marcha un proceso de primarias en el cual los militantes elegirían de forma directa al Secretario General. A priori, eso es una decisión coherente y casi pionera. Además, se hicieron correctamente, con bastante limpieza y participación. A priori, como digo, un éxito.

Sin embargo, faltó la pata que hoy se revela decisiva. La del órgano de control. En cualquier sistema político, y un partido político como el PSOE es un sistema político en sí mismo, los órganos de control definen la limpieza de los procesos y garantizan que un líder no pierda el cariz de democrático con decisiones arbitrarias. En EEUU el Congreso puede destituir al Presidente y vetar algunas de sus decisiones. Y viceversa. Es un sistema de pesos y contrapesos (check and balances, explicábamos en la Universidad) para que ninguna figura, ni Presidente ni Congreso (es decir, la representación del pueblo) tuviese un poder absoluto. Así, al Presidente de los Estados Unidos -en adelante, POTUS- lo elige la ciudadanía de forma directa, pero esa misma ciudadanía elige a los congresistas que lo han de controlar, de forma que ni uno ni otro pueden actuar arbitrariamente sin castigo. Eso, que en ocasiones genera debates encontrados, es una de sus mayores garantías democráticas.

En el PSOE ha pasado algo así. El partido se ha presidencializado, de forma que el Secretario General tiene una legitimidad (concepto precioso pero complejo) que emana directamente de la militancia (el pueblo). Sin embargo, esa militancia no elige de forma directa al órgano de control (el Comité Federal), sino que este es elegido en un Congreso. De alguna forma, aun siendo los Congresos del PSOE de lo más democrático que hay al elegirse los delegados de abajo hacia arriba, la legitimidad es un poco de segundo orden respecto al Secretario General. Así, Pedro Sánchez puede hacer y deshacer a su albedrío sin que un órgano le rechiste. No puede. Lo hemos visto este fin de semana.

A esto hay que añadirle que la composición del órgano de control es mayoritariamente de cargos públicos o similar. De esta forma, quienes han de controlar y evaluar el trabajo de la Ejecutiva debe su cargo a esa misma Ejecutiva. Aunque aun no había sido electo en primarias, el último Zapatero, el de 2010, el que empezó a suscitar gran oposición entre la militancia socialista, nunca tuvo grandes intervenciones en contra en el Comité Federal (salvo honrosas excepciones que me consta que las hubo). En su último Comité Federal, había ministros, secretarios de Estado, diputados, alcaldes, concejales…

Sin un Comité Federal de verdadero control, que de verdad fiscalice la política interna y programática del partido, el Secretario General es plenipotencial, nadie le puede toser. Como nadie tosería a Obama sin los contrapesos (cosa que a veces, es cierto, nos fastidia a todos).

No es sencillo. Hace falta un equilibrio. También es comprensible que el órgano de control no paralice al Secretario General y candidato a la Presidencia del Gobierno y menos a dos meses de unas elecciones generales en las que se juega tanto. El PSOE hasta ahora había guardado un buen equilibrio entre bases y dirigentes para no ser un partido roto o una suma de partidos. No faltaba el debate interno pero las disensiones quedaban en el seno de los Congresos. Pero al introducir las primarias, que en poco tiempo serán inevitables para todos los partidos nacionales, el sistema cambia y los cambios han de ir acordes.

 

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