Introducción de las siguientes entradas

Esta entrada pretendo que sea el tutorial para entender las siguientes, así que vamos a definir algunas palabras clave que en siguientes días iremos usando. Siempre me pareció pedante pretender explicar algo con palabras técnicas (lo que es necesario e incluso pertinente) sin explicar primero al menos por encima qué significan esas palabras en lenguaje para “no iniciados”. Si haces primero eso, no engañarás a nadie, que es justo lo que yo pretendo.

Como vamos a hablar de encuestas, aquí va la primera palabra: cuestionario. Es la principal herramienta para obtener datos en un estudio cuantitativo. Esto es, las respuestas del cuestionario, en un segundo momento, serán los números con los que se calculen datos como la intención de voto, la ideología mayoritaria de los ciudadanos o, más interesante aun, la estimación de voto. De cómo se realice la encuesta, el día, a quién se le preguntó y cómo se seleccionó la muestra, la forma de hacerla (personal, telefónica, online, autoadministrada…), de la propia profesionalidad del encuestador o encuestadora depende en gran parte el resultado de esta, ya que los sesgos, que siempre existen, serán menores.

Intención directa de voto. Es la respuesta “a bote pronto” a la pregunta “Si mañana se celebrasen elecciones, ¿a qué partido votaría usted?”. Normalmente, salvo que efectivamente las elecciones sean mañana (y entonces no se podría preguntar), no crean los datos de esta pregunta como si fuesen las tablas de la Ley. Las elecciones no son mañana. Imagínense que les pregunto: “Si mañana usted tuviese que comprar un coche, ¿qué coche compraría?”. Seguramente, elegiríamos modelos caros, nuevos o el coche de nuestros sueños. Sin embargo, no vamos a comprar un coche mañana. Si tuviésemos que hacerlo, seguramente pondríamos en la balanza nuestras condiciones reales, más que las deseadas. Por eso, la pregunta sobre intención directa suele tener unos resultados nefastos en cuanto a participación y resultados de los principales partidos. Y sin embargo ni la participación es nunca tan baja, ni los principales partidos tienen nunca tan malos resultados. Suceden, al menos, tres fenómenos a tener en cuenta: uno el enfado propio de esta época. Es socialmente muy aceptable decir a quien te pregunta (que es otra persona, aunque no la conozcas) que no piensas votar, que son todos unos inútiles (y se dice). Otro fenómeno es el de “caballo ganador”, que se da también a la hora de ir a votar. Consiste en apoyar aquello que mayoritariamente se cree que va por delante, bien porque lo dicen los medios, bien porque lo escuchas en tu entorno. Por eso se prohibe publicar estudios durante la última semana de campaña. Y el tercero es el voto oculto. Precisamente porque es socialmente aceptable criticar, decir que se votará por opciones rompedoras o que no se irá, decir que se va a votar a partidos tradicionales en este momento o que se va a ir a votar siquiera es complicado admitir, ya que, como apuntábamos antes, el encuestador o encuestadora es una persona que aunque no nos conozca pensamos que nos juzga. Así pues, necesitaremos algo más para saber de verdad cómo es la “foto electoral” del momento.

Estimación de voto. La cocina. Las matemáticas. La magia. Por lo que se cobra caro un estudio cuantitativo. Ya sabemos que las personas tendemos a mentir en las encuestas, bien diciendo que no vamos a ir a votar a ninguno de esos gañanes, bien diciendo que votaremos al menos gañán de todos, bien diciendo que ni locos votaremos al gañán de siempre. Pero sí lo haremos. Y se puede saber con relativa precisión para este momento (insisto en lo de “para este momento”). Para saberlo, las casas de encuestas realizan cruces de datos de respuestas y estiman la participación final y los resultados de A, B, C o D. Cada casa tiene su “cocina” y seguramente nadie les dirá nunca cuál es exactamente, pero normalmente se tendrán en cuenta preguntas como “Si usted tuviese que situarse en una línea ideológica en la que el 1 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha, ¿dónde estaría?” o “¿Recuerda usted si votó en las últimas elecciones? ¿Por quién lo hizo?”.

Un ejemplo, imaginen que son ustedes simpatizantes del Partido Popular (suele tener un voto oculto grande), acaba de salir la Operación Púnica y les llamo para preguntar a quién votará en las próximas elecciones de ¿diciembre? Ustedes me responden que no van a ir a votar, vamos, ni locos. Sin embargo, se sitúan en el 8 de la escala anterior y en las anteriores elecciones fueron y votaron PP, que es además el partido que más simpatía les despierta y tiene el líder que, a pesar de todo, mejor les cae. Discúlpenme. No me los creo. Ustedes están enfadados, acaba de salir un escándalo y decirme que votarán PP sería como decirme que justifican lo que han hecho. Así que me dicen lo que mejor suena: no votaré por ningún gañán de esos. Pues ahí está la cabeza del analista para saber que ese voto muy probablemente al final sí se producirá e irá con la papeleta popular.

O al contrario. Es usted un andaluz muy muy enfadado con el PSOE, su partido de siempre, al que ha votado desde Chaves porque se ha dejado infiltrar de chorizos que cometían fraudes con el dinero público. Y ha salido un chico con coleta en la tele, que habla fantásticamente bien, que dice que la casta es deleznable y que sólo el pueblo salva al pueblo. ¿A quién votará usted? A ese chico o a su representante andaluz, ¿quién es? ¿Acaso eso importa? Pues yo, encuestador, sé que finalmente, quizá en el trayecto de su casa a la urna, va a cambiar su voto y va usted a votar por el PSOE, dándole la última-oportunidad-esta-vez-sí-que-sí. Algo así pasó en marzo pasado: Podemos pensaba superar al PSOE en Andalucía y el PSOE tuvo el mismo resultado (en escaños) que en 2012, antes de que Podemos existiese.

Por último, y en vista de todo esto, un consejo. No se fíen de las encuestas una a una. Pero crean siempre en las tendencias. Si ven una encuesta, vean alguna más. A ser posible, de los mismos para que tenga una “cocina” igual. Y piensen si van en línea, si son coherentes. Así, estarán cerca de prever lo que va a pasar en el futuro.

Hay más palabras e índices que tener en cuenta para las próximas elecciones, como la volatilidad electoral o la fidelidad de voto, pero esas las dejamos para el próximo artículo, que este ya se hace difícil de leer 😉

 

Sobre la unidad de “las izquierdas”

He decidido retomar este blog de análisis político personal.

No abandono la idea de un proyecto compartido y seguramente algo haremos, pero tenía ganas de escribir yo. Y equivocarme. Pero escribir. Y retomo este blog, que empecé hace un tiempo y estaba abandonadillo.

Voy a empezar por analizar las expectativas de los partidos respecto a las Generales (¿diciembre?), pero no me resisto a comentar un artículo de El País que este fin de semana daba una mejora de resultados considerable a una confluencia de izquierdas, según lo acontecido el 24-M.

Por partes.

En primer lugar, detrás no hay una encuesta. Se toma como encuesta los resultados de las elecciones (hacen aquello de “la mejor encuesta son las elecciones”). Esto es un sesgo en sí mismo. Las personas no votamos unas autonómicas pensando en las generales. Quizá alguien sí, pero la mayoría no. Las autonómicas son “elecciones de segundo orden”, es decir, se caracterizan por menor participación y desinterés, mientras que las generales son “de primer orden”y se caracterizan por una participación mucho mayor (sobre el 78-79-80%).

Pero lo fundamental es que pensar que haciendo la suma de los votos se obtiene la resultante de lo que se hubiera tenido en caso de ir juntos (que es lo que hace el artículo antes de asignar escaños) es no saber demasiado de comportamiento electoral. Lo aprendí en la tercera clase de la asignatura Comportamiento Político, en la Facultad.

Se suman los votos de Podemos, IU, Compromís, CHA y MÉS. En Madrid, por ejemplo, la Federación de IU se ha roto en, como mínimo, tres partes durante el debate-guerra interna sobre si ir con Podemos o no. ¿De verdad pensamos que, aun llegando a una paz, van a ir a votar tan alegres? Si es así, es que se nos ha olvidado introducir la otra variable del comportamiento político: la humana. Somos humanos. Tenemos nuestras miserias y rencores. Y con ello hay que jugar, si queremos ser pragmáticos. Pero es que no sólo lo digo yo, lo dicen los datos. En el año 2000, el PSOE y el PCE decidieron editar un pacto electoral que intentaba la tantas veces buscada unidad de la izquierda frente al Partido Popular. ¿Resultado? La primera mayoría absoluta de Aznar, los peores resultados del PSOE (antes de 2011) y malos resultados de IU también. ¿Qué pasó? Pues probablemente que, además de perder el centro político (que seguramente situó al PSOE como un partido demasiado escorado a la izquierda y poco atractivo para el electorado centrista del 4-5-6 de la escala ideológica), los años anteriores de confrontación abierta entre IU y PSOE llevó a votantes tradicionales de ambas formaciones a no votar al partido “enemigo” y coyunturalmente “amigo”. Un votante tradicional del PSOE, de los del 3-4, puede argumentar que no vota junto a un partido que les acusa de tradiores a la izquierda; y un votante clásico de IU, de los del 1-2 ó 3, argumentará que no piensa ni loco votar a quienes nos metieron en la OTAN o privatizaron Telefónica. Y ambos decir que “al enemigo ni agua”. Y para eso la izquierda española es buena. Muy buena.

Por eso sumar de forma tan simple y simplista los votos de Podemos e IU es un error. Podemos ha salido de la sede de IU, se ha puesto enfrente, les ha quitado simpatizantes que ha integrado en sus cuadros e incluso les ha llamado cenizos. ¿De verdad un votante de IU va a aceptar tal cosa así de buen grado? Y del lado de Podemos, ¿van a votar aceptando aunque sea de forma paternalista a “los cenizos” en sus listas? No llega al grado de dificultad de los votantes comunistas de toda la vida, pero es difícil también.

De hecho, aunque en política no eres lo que quieres ser sino lo que piensan que eres (y Podemos es muy de izquierdas según lo que dicen las encuestas), a los de Pablo Iglesias no les interesa, creo, ser el Frente Popular de 2015 y dejar de aspirar a la “centralidad del tablero” para ser el vértice inferior izquierdo del cuadrado de partidos que se está configurando. O sí. Quizá 2015 no es 2014 y el PSOE ya no pasa su peor peor momento histórico, sino que (teniendo los peores sondeos de su historia), ha sido capaz de frenar la sangría y es capaz de tener posibilidades de gobernar. Podemos no rechaza coaligarse con el PSOE para gobernar y ya pasa en algunas CCAA y Ayuntamientos sin que haya sangre entre los socios. Quizá afianzar a esos votantes de IU a través de la confluencia y realizando un llamamiento al “voto útil” diciéndoles que pueden por primera vez influir en las políticas (algo que salvo en la legislatura 2004-2008 y algo en la 2008-2011 no ha pasado nunca) puedan a su vez afianzar su posición para diciembre.

Vienen catalanas en septiembre. Hay que mojarse en lo territorial (y ya dije aquí en 2014 que posiciones intermedias no se venden igual que el sí o el no). Y Siryza y Tsipras son tan poderosos como lo era Zapatero en 2010. Empezamos el año sabiendo que uno de cada dos votantes estaba dispuesto a cambiar su voto (inédito desde 1975). Creo que la cosa ha ido a peor. Vienen tiempos tremendos para la comunicación política.